La oración es un tiempo sagrado de comunión. En oración, tocamos un lugar interno de quietud. Nos unimos al espíritu de Dios en nosotros y profundizamos nuestra conciencia de la presencia todo poderosa.
Bien oremos en el silencio de una habitación privada o en medio de una multitud, la oración es el cimiento para vivir en paz, con gozo, fortaleza y satisfacción. Tomemos un momento ahora para abrir nuestros corazones en oración y restaurar nuestros espíritus.
Con fe firme, entregamos todo a Dios. La paz llena nuestras almas.
Dejemos a un lado nuestros pensamientos del día. Todo puede esperar mientras pasamos unos momentos sagrados en comunión con el espíri-tu del Dios morador.
Al respirar profundamente, dejamos que la quietud de este momento llene nuestras mentes. Abrimos nuestros corazones a la paz y permitimos que nuestra respiración se haga rítmica. Nos relajamos en este lugar de sosiego. Dejamos ir toda inquietud en este momento valioso de unidad con Dios.
Nos centramos en paz mientras descansamos ahora en quietud sagrada y oramos…
Actuamos con sabiduría divina y alcanzamos nuevos niveles de comprensión.
En el silencio de la oración, reconocemos nuestra unidad con la sabiduría. En la quie-tud, armonizamos nuestros corazones y mentes con el Espíritu y obtenemos comprensión renovada.
En unidad con la inteligencia de toda creación, sabemos lo que tenemos que hacer. Somos guiados con cuidado por el camino correcto de pensar y actuar. Nos movemos y hablamos con la sabiduría del Espíritu.
Unidos, oramos…
Como creaciones de Dios, disfrutamos de bienestar. Vivimos una vida plena y equilibrada.
Al continuar en este tiempo tranquilo de oración, liberamos cualquier pensamiento o sentimiento que no refleje perfección.
Nos visualizamos llenos del poder sanador de Dios. Sostenemos percepciones que apoyan y sustentan nuestra sensación de bienestar.
Somos renovados. La energía, la fortaleza y una corriente innovadora fluyen en nosotros. Tenemos paz. Disfrutamos de salud y bienestar.
Llevamos ideas de paz y perfección al silencio de la oración…
El amor divino es nuestra fuente de abundancia. El bien sobreabunda en nuestras vidas.
Nos centramos en el amor divino y sen-timos que este amor nos sustenta y nos protege. Damos gracias de que el Dios morador es todo suficiente y todo proveedor.
Conscientes de esto, liberamos cualquier inquietud del pasado o del futuro. Vivimos con la seguridad de que somos hijos de Dios y que el amor divino nos prospera. Somos libres para vivir en abundancia y reclamar las bendiciones del universo.
Con gratitud por el amor divino, aceptamos el bien que nos aguarda según oramos…
Con pensamientos y acciones de amor, abrimos nuevos caminos para la paz.
La paz comienza en nuestros corazones manifestando amor. Al continuar respirando profundamente en este momento tranquilo, sentimos la presencia del amor infinito. El amor en nuestros corazones nos guía en todo lo que decimos y hacemos para abrir nuevas vías, nuevas posibilidades de paz.
Sostenemos pensamientos de paz y enviamos vibraciones de paz al mundo. Visualizamos que estas vibraciones se irradian de alma en alma para hacer que la gente en todas partes actúe de manera cordial, atenta y considerada.
Sumidos en paz, oramos…
Al prepararnos ahora para terminar este momento de oración, llevemos con nosotros el sentimiento de unidad mientras pensamos en todos aquellos que han unido sus corazones con los nuestros en oración sagrada. Con un sentimiento renovado de paz, estamos listos ahora para volver a las actividades diarias y seguir adelante con confianza.
Establecemos la diferencia en el mundo según oramos y sostenemos pensamientos positivos. Afirmemos ahora la “Oración de protección”:
La luz de Dios nos rodea;
el amor de Dios nos envuelve;
el poder de Dios nos protege;
la presencia de Dios vela por nosotros.
¡Dondequiera que estamos, está Dios!
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