“Dios es amor.”
Al unir nuestros corazones y nuestras mentes en oración, agradecemos la presencia del amor de Dios en nosotros —un amor incondicional e infinito. Formamos un círculo de amor y oración al sostener esta verdad en nuestros corazones y acercar a otros a la oración —aquellos que apreciamos y sabemos que son parte de nuestra familia mundial.
Al prepararnos ahora para comulgar con Dios, dejamos que nuestros cuerpos se relajen y nuestros pensamientos se calmen para sentir el amor de Dios de manera intensa momento a momento.
El Cristo morador es nuestro santuario de paz y serenidad.
Unidos en el espíritu del amor divino, abrimos nuestros corazones a la paz mientras descansamos en la quietud sagrada de la presencia del Cristo morador. En esta presencia, respiramos con devoción. Al exhalar, dejamos ir cualquier pensamiento pasado o preocupación futura.
Estamos en la presencia del amor divino, sostenidos por una corriente infinita de paz que fluye en nosotros.
Sentimos la plenitud de este momento y acogemos la percepción de serenidad perfecta que llena nuestras almas.
Al entregar la mente y el corazón a la presencia sagrada en nosotros, entramos al silencio de la oración…
Gracias a la sabiduría divina, alcanzamos nuevas alturas de comprensión.
El amor infinito de Dios es nuestra fuente de sabiduría. Armonizamos nuestros pensamientos con esta presencia de amor y sabi-duría que mora en nosotros y abrimos nuestras mentes a nuevos discernimientos y comprensión.
Con comprensión renovada, nos elevamos a niveles más altos, como en las alas de águilas. Tenemos nueva perspectiva. Vemos los acontecimientos de nuestras vidas desde este punto de vista superior y sabemos que con Dios podemos hacerlo todo. Con vi-sión clara, ahora estamos listos para seguir adelante con confianza y valor.
Al descansar en la presencia de la sabiduría y el amor divinos, regresamos al momento tranquilo de la oración…
El amor divino nos sana y nos restaura. Estamos vivos, alerta y sentimos entusiasmo por la vida.
Al volver nuestros pensamientos a nuestro interior, profundizamos nuestra conciencia del poder sanador del amor divino. Somos ca-nales de amor, y cuando permitimos el acceso total del amor sanador divino que fluye por todos nuestros cuerpos templos, percibimos energía y fortaleza renovadas.
Mantenemos pensamientos positivos de salud y energía y sabemos que el amor divino nutre cada célula de nuestros cuerpos. Receptivos a este amor sanador, afirmamos que estamos vivos, alerta y con entusiasmo. Somos expresiones perfectas de vida.
Al dar gracias por la curación que se realiza ahora, llevamos estos pensamientos a nuestros corazones en oración…
Confiamos en el poder próspero del Espíritu y acogemos Sus bendiciones.
En este momento, traemos a nuestra con-ciencia el poder próspero del Espíritu morador. Nuestra actitud de gratitud abre el camino a expresiones de bondad aún mayores. Cada nueva experiencia nos asegura que somos amados divinamente y que fuimos creados para vivir en abun-dancia.
Somos canales abiertos para que las bendiciones fluyan a nosotros. Con un espíritu de gratitud, afirmamos ahora que estamos listos para recibir prosperidad según oramos…
Con corazones unidos en oración, bendecimos a nuestro mundo y visualizamos paz.
Dedicamos estos momentos ahora para enviar pensamientos devotos y de paz a nuestro planeta.
El mundo es un lugar sagrado y cada creación es valiosa para Dios. En esta conciencia, podemos ver a todos como expresiones del amor divino, como seres amados y que aman.
Unidos en espíritu, afirmamos que el amor incondicional y divino bendice a toda la gente. Sabiendo que este amor prepara el camino a la paz duradera, regresamos al silencio de la oración...
Según llegamos al final de este tiempo de oración, reconocemos una vez más que “Dios es amor” y que nosotros somos expresiones de amor. Permitimos que el poder y la presencia del amor se muevan en nosotros según damos gracias por este momento que hemos pasado juntos.
Al volver nuestra atención a este momento y lugar, estamos listos para regresar a las actividades diarias y llevar con nosotros un espíritu de amor. En este espíritu, oremos la “Oración de Protección”:
La luz de Dios nos rodea;
el amor de Dios nos envuelve;
el poder de Dios nos protege;
la presencia de Dios vela por nosotros.
¡Dondequiera que estamos, está Dios!
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