No soy yo, sino el Cristo en mí quien hace la obra.
¡Qué valiosos son los momentos cuando nos unimos de corazón a corazón con otros amigos que oran! Estamos agrade-cidos por unirnos a gente alrededor del mundo en momentos tranquilos de comunión con Dios. Durante este tiempo sagrado, reflexionamos en el Cristo, nuestra naturaleza espiritual inherente como creaciones de Dios.
Tranquilicemos nuestras mentes y abramos nuestros corazones ahora mientras nos centramos en el Cristo en nosotros.
La serenidad fluye de lo profundo de nuestras almas. Estamos inmersos en la paz.
El Cristo en nosotros es la fuente ilimitada de paz. Al aquietarnos ahora, permitimos que la paz calme cualquier te-mor o inquietud. Respiramos profundamente y liberamos cualquier sentimiento de tensión. Nos hacemos receptivos a la serenidad y a la tranquilidad.
Al relajarnos en el silencio, permitimos que la paz del Cristo llene cada faceta de nuestros cuerpos, mentes y espíritus. Con serenidad y seguridad, dejamos que la paz de nuestros corazones fluya hacia las personas que sostenemos en oración.
La luz del Cristo nos guía por el sendero de renovación y descubrimiento.
Centrados y en calma, acudimos a la Luz del Cristo en nosotros por guía mientras seguimos nuestros senderos únicos a través de la vida. Confiamos en que esta luz nos ayude a descubrir nuestro propósito verdadero y nos dirija en toda circunstancia.
En armonía con la Luz del Cristo, abrimos nuestras mentes a la sabiduría e ideas divinas. Tomamos buenas decisiones y elegimos con sabiduría.
Al descansar en una conciencia profunda de la Luz del Cristo, oramos…
Nuestros cuerpos son templos del Cristo resucitado. Sentimos plenitud y fortaleza.
Volvemos nuestra atención a la energía de la vida divina que irradia por todos nuestros cuerpos templos. Este poder sanador renueva cada célula, átomo, tejido y órgano. Es nuestro sustento y fortaleza.
Afirmamos vida y sabemos con fe absoluta que somos renovados y vigorizados de pies a cabeza.
Al dar gracias por la vida divina y el bienestar, regresamos al silencio de la oración…
Disfrutamos de la sustancia del Espíritu y la aceptamos con gratitud.
Tenemos acceso inmediato al Espíritu y a la sustancia divina que enriquece cada experiencia de nuestras vidas.
En este tiempo tranquilo, estamos receptivos a ideas creativas. Desarrollamos y usamos esas ideas, nos hacemos receptivos al flujo de prosperidad. Descubrimos nuevos medios que enriquecen nuestras vidas y crean un mundo mejor.
Con gratitud por la abundancia, oramos en el silencio…
Con fe y compasión, hacemos brillar la paz de Cristo en el mundo.
Cada oración que decimos profundiza nuestra conciencia de la paz del Cristo que vive en nosotros y en los corazones de la gente en todas partes. Centrados en esa presencia infinita de paz, expresamos comprensión y compasión.
Permitimos que la luz de la paz en nosotros irradie de nosotros hacia otros. Nuestra presencia serena tiene una influencia armonizadora en la familia, amigos, vecinos y líderes aquí y alrededor del mundo.
Honramos al espíritu de paz del Cristo en todos según oramos…
Nuestra conciencia del Cristo continúa bendiciéndonos con nuevas expresiones de luz, vida, amor y paz.
Habiendo renovado nuestra conciencia y nuestro espíritu del Cristo morador, volvemos nuestra atención a nuestro alrededor, listos para reanudar las actividades del día.
Al concluir este tiempo de oración, unimos nuestras voces con las de otros amigos que oran para afirmar juntos la “Oración de Protección”:
La luz de Dios nos rodea;
el amor de Dios nos envuelve;
el poder de Dios nos protege;
la presencia de Dios vela por nosotros.
¡Dondequiera que estamos, está Dios!
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