El Cielo

(Del libro Alternativas  por William Fischer)
 
Cuando era niño, me dieron una descripción muy vívida acerca del cielo. También me dijeron que si me portaba bien iría al cielo después que muriera. Y que, cuando llegara, el mismo San Pedro me iba a recibir en las puertas perlinas. Luego tendría una audiencia personal con Dios. Se me ocurrió que Dios tenía una lista acerca de mí, donde había un récord bien llevado de las cosas buenas y malas que yo había hecho. ¡Si el saldo era favorable, sería admitido en el cielo!

Al entrar, me dijeron, estaría asombrado. Las calles del cielo estarían pavimentadas con oro. Todas las personas serían ángeles. No me dijeron lo que los ángeles iban a estar haciendo para mantenerse ocupados, además de tocar el arpa. Aparentemente, la eternidad se pasaba o tocando arpa o escuchando la música.

También me dijeron que este reino estaba situado en algún lugar del cielo. Cuando pregunté que dónde estaría este sitio, nadie pudo darme una respuesta clara. Simplemente me dijeron que de la misma manera como el infierno estaba “abajo”, el cielo estaba “arriba”. Ésta fue mi orientación con respecto al cielo. No se me dio solamente como algo serio, sino como un absoluto.

Lo que me molestaba realmente acerca de esto era que de la única manera que yo podía disfrutar del éxtasis supremo de Dios era muriéndome. Recuerdo que deseaba que hubiera alguna manera de experimentar el cielo sin tener que primero envejecer y morir. Hasta recuerdo una canción de música del oeste que decía, en parte, “Todo el mundo quiere ir al cielo, pero nadie se quiere morir.”

¿Cómo llegaron los seres humanos a este concepto del cielo? Es un concepto basado en el “hecho” de que el cielo está arriba. Generalmente pensamos que lo que está arriba tiene más dignidad que lo que está abajo; en consecuencia, ¡el cielo debe estar en alguna parte sobre nosotros! Era natural que nuestro pensamiento fuera en esta dirección.

También, no podemos concebir que la vida termine en una tumba. Eso parece ser un final no apropiado para una persona, aunque lo que se entierra solamente es el cuerpo. Queremos pensar que alguna parte de nosotros continúa viviendo. Queremos sentir que la cualidad que llamamos vida es tan grande que no puede ser limitada a los relativamente pocos años que la mayoría de nosotros expresa en la tierra. Tenemos el derecho de querer creer esto.

Pero hay una alternativa a la manera como se enseña tradicionalmente el cielo, y esta alternativa está en las palabras mismas de Jesucristo. Sí, está escrito que cuando Jesús oraba, elevaba Sus ojos al cielo. Pero ¿dónde dijo Jesús que estaba situado el cielo?

Él fue específico en este respecto; Él dijo: “¡El reino de los cielos se ha acercado!” (Mt. 4:17), y “El reino de Dios está entre vosotros.” (Lc. 17:21). Éste es un concepto emocionante. Significa que el cielo está aquí y ahora. No es algo para experimentar solamente después de la muerte del cuerpo.

Pero si el reino de Dios está en nosotros, ¿qué es? Lo que nos dice Charles Fillmore, cofundador de Unity: “El reino del cielo o de los cielos, es un estado de conciencia en el cual el alma y el cuerpo están en armonía con la Mente divina.” Esto significa que el cielo es un estado de conciencia en el cual tenemos pensamientos y sentimientos tan elevados que están en armonía completa con el Espíritu de Dios en nosotros. “Entrar” al reino de los cielos es una experiencia que cualquiera de nosotros puede tener aquí y ahora.

Fíjense que dije “experiencia”. El cielo no es un destino; es una experiencia. Pero a menudo somos muy vagos con estos conceptos; seamos más específicos.

Es verdad (y sí lo es) que somos creados a la imagen y semejanza de Dios, entonces, el Espíritu de Dios mora en nosotros. Donde Dios mora, hay cielo. En consecuencia, la lógica nos dice que el cielo está en nosotros. El reino de los cielos en nosotros es el estado de conciencia espiritual perfecta. Es esa parte de nosotros donde las cualidades supremas del Espíritu esperan, esperan que nosotros les permitamos expresarse por medio de nosotros. Éstas son las cualidades del amor, la paz, el gozo, la salud y el valor perfectos, y todas las otras expresiones que representan la vida espiritual verdadera. Pero estas cualidades están dormidas hasta que consintamos en expresarlas en nuestro carácter personal, espiritual. ¿Cómo se logra esto?

Por medio de la oración. Hay una técnica específica que consiste en la negación —la eliminación de obstrucciones mentales para que podamos hacer una oración efectiva— para establecer conscientemente las cualidades divinas en nuestra conciencia. Además de los aspectos verbales de nuestra oración, está también el asunto de la actitud.

Una de las actitudes que debe ser eliminada es la duda. Si existe aunque sea una sombra de duda en nuestras mentes de que alguna de estas cualidades pueda brotar en nosotros y encontrar expresión por medio de nosotros, no es probable que seamos elevados a un estado celestial de conciencia. Debe existir una fe total para tener una experiencia total.

Entonces, ¿cuál es la actitud más importante que debemos tener para elevar nuestra conciencia a un estado celestial? La receptividad. Debemos tener tanta receptividad a la idea de que las cualidades de Dios se están manifestando en nuestra conciencia personal que nos sea imposible tener cualquier duda o miedo a lo contrario. Esta actitud puede llamarse preparación de la conciencia individual para la venida de una experiencia personal del Espíritu.

Esta experiencia espiritual es la cosecha de la semilla de las ideas divinas en el suelo de nuestra mente. Bajo un clima de actitudes favorables, estas ideas germinan; luego crecen y dan fruto. El fruto de este proceso es la experiencia. Como las semillas plantadas son el amor, la paz, el gozo, la salud, el valor, etc., las experiencias relacionadas con estas cualidades vienen a nuestras vidas. Comenzamos a dar y recibir cualidades de una vida verdaderamente espiritual.

Así que el reino de los cielos está a la mano. ¡Es tuyo para que lo disfrutes ahora! Es una experiencia verdaderamente celestial tener las cualidades divinas evidenciadas en tu vida. No tienes que esperar hasta que mueras para conocer el cielo. ¡Es tuyo para que lo conozcas y lo experimentes ahora! Esto es lo que Jesucristo quería que supiéramos.
 


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