por Eric Butterworth
Tú eres un hijo del universo. No andas solo por el camino de la vida. El universo completo camina contigo. Está involucrado dinámicamente en ti. Su fluir dinámico siempre se expresa como tú. De aquí que la salud no es algo que puedes “obtener” físicamente, de píldoras ni pociones, o metafísicamente, en oraciones o tratamientos. La salud es la realidad de la vida, la condición normal del ser humano.
La paradoja de la ciencia médica es que al estudiar la “vida”, por mucho tiempo, lo han hecho estudiando cadáveres en laboratorios. ¿Cómo podemos conocer la dinámica de la vida estudiando algo muerto? No es entonces de extrañar que la medicina tradicional haya insistido que la muerte es el destino final y que la enfermedad es su preludio inevitable, al cual debemos resignarnos.
Afortunadamente, hay algunas señales de esperanza. Por ejemplo, hace unos años, la escuela de medicina de la Universidad de Cornell decidió investigar “qué hace sana a la gente que es saludable”. Esto apartó a los científicos de la “norma” de deterioro y muerte y los llevó a estudiar la “salud mental” como la clave obvia de la salud corporal. Los científicos descubrieron que las personas más saludables son aquellas que tienen actitudes y hábitoes que las hacen impenetrables a las situaciones sociales y a sus alrededores. Quizás ha llegado el momento en que todos los profesionales del campo de la salud necesiten ponerse de acuerdo en que la salud y la vida continua son la condición normal de la humanidad, en vez de la enfermedad y la muerte. También sería refrescante ver una aplicación moderna de la práctica antigua china en la cual el paciente paga al médico para que lo mantenga sano y deja de pagarle cuando se enferma. ¡Ciertamente esto cambiaría la perspectiva del médico y del paciente!
Una vez que te apropias de la idea de que eres una criatura sana, un hijo del universo, expresión viviente de una corriente universal de vida, no te sentirás satisfecho hasta que encuentres mejoría en tu salud. La cofundadora de Unity, Myrtle Fillmore, era una maestra que había sido criada en la iglesia metodista, ella enfrentó lo que en ese tiempo era un caso mortal de tuberculosis. Los médicos estaban de acuerdo en que sólo tenía unos meses de vida. Era una condición “de familia” y de aquí que la prognosis fuera aceptada con resignación. Sin embargo, ella emprendió una aventura espiritual en búsqueda de la verdad acerca de la vida. Un día ella tuvo una gran revelación que cambió su vida y gracias a la influencia de Myrtle, la de miles de personas. Ella afirmó: Soy una hija de Dios y por lo tanto no heredo enfermedad. Comenzó “a echar la red en el lado correcto de la barca”. A pesar del veredicto médico, ella entró en el fluir de la vida sanadora y vivió una vida plena cuarenta y cinco años después de su diagnóstico.
Esto no quiere decir que la herencia no tenga influencia en las condiciones o tendencias del cuerpo. Pero sí quiere decir que no importa el tipo de cuerpo físico que la herencia te ha dado o las condiciones de conciencia que tus padres te hayan impuesto, todo esto es incidental para tu experiencia de vida. Sin embargo, la verdad fundamental es que eres un hijo del universo. Estás en el fluir incesante de la vida trascendente. Jesús dijo esto muy claramente: “No es la voluntad de vuestro Padre… que se pierda uno de estos pequeños” (Mt. 18:14). Él también dijo: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mt. 25:34). Este reino en ti es el fluir del universo enfocado en ti. La herencia es tuya, porque eres la empresa viviente del proceso creativo. Pero debes reclamarla, saber que te corresponde la plenitud de la vida y entrar en el fluir.
Dios es un círculo que tiene su centro en ti. Todos los atributos del Infinito están en ti, fluyendo por medio de ti. Tú estás en ese fluir. Tú eres ese fluir justo donde estás. De aquí que eres un hijo del universo, un hijo de Dios. Medita en esta comprensión maravillosa. Has sido creado a la imagen y semejanza de una idea infinita. Tú eres el unigénito de Dios desde el punto de vista de que, no importa las marcas que las influencias externas puedan haber dejado en ti, existe aquello en ti que es encarnado sólo de Dios, que por siempre es y será la “flor” del fluir divino. Ésta es la Verdad fundamental. Todo lo demás es incidental.
El predicador de Eclesiastés, dice: “He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero él se buscó muchas perversiones” (Ec. 7:29). La humanidad es creada en y de un plan perfecto de vida. Y, en el lado correcto de la barca o estado correcto de conciencia, la humanidad fluye con este manantial de curación natural. Pero, como dijo Pablo: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos han muerto” (1 Co. 11:30). Al pescar del lado incorrecto de la barca, adoptar estados mentales que nos limitan, restringimos el fluir.
Al reevaluar la historia de la pesca, no darnos cuenta de que los peces habían estado allí todo el tiempo. El cambio, de una escasez descorazonadora a una satisfacción gozosa, no fue producto de un cambio en los hábitos de los peces, sino en la actitud de los pescadores. La corriente sanadora es una realidad eterna. Existe total e inmutablemente, aún en la enfermedad. Todo el universo está contigo y su fluir es siempre la realidad de salud que es la clave de la constancia de un proceso de curación y renovación en el cuerpo —aún cuando no hagas nada ni sepas nada de él.
Hace algunos años hubo una noticia publicada ampliamente que hablaba de las conclusiones a las que había llegado un antiguo profesor de la escuela de medicina de la Universidad de Harvard. Él señalaba que la mayoría de las enfermedades son sanadas sin que las víctimas supieran que las habían tenido. Él citó muchos ejemplos en los cuales las autopsias revelaron huellas incuestionables de enfermedades de las cuales la persona había sanado sin saberlo. Él insistía que el cuerpo tiene una súper sabiduría que está a favor de la vida en vez de a favor de la muerte, la cual es mucho más poderosa que cualquier medicina. Él identificó este poder sanador como “Dios”. Y entonces hizo el llamado a que los profesionales de la medicina informaran a los pacientes de esta gran fuerza que trabaja en ellos. Él dijo: “Evitar la palabra Dios no hace a la profesión médica ningún bien. ¿Por qué no enseñar a la gente la Verdad?”
Sí, necesitamos saber la Verdad básica que todo sicólogo acepta sin cuestionar, que en toda vida existe un fluir inexorable hacia la salud. Generalmente, es llamado vismedicatrix naturae, que significa simplemente “el poder sanador de la naturaleza”. Existe una tendencia natural hacer que todo vuelva a la normalidad cuando equilibrio de la vida ha sido alterado. Hiere a un árbol con un hacha y regresa después de un tiempo y encontrarás que la naturaleza ha sanado la herida. O, si te cortas un dedo pelando papas, puedes vendar la herida y, a los dos o tres días, la herida habrá sanado. Los médicos, con todas sus destrezas, no pueden alterar este proceso y, si son perceptivos del fluir trascendente de la vida, dirán: “Yo vendo la herida, pero Dios la sana”.
Esto nos lleva a una observación importante en cuanto al proceso de curación. Los profesionales de cualquier rama de la salud son, después de todo, humanos. De aquí que a veces la necesidad de satisfacer el ego los lleve a adjudicarse el crédito por resultados aparentemente milagrosos. Sin embargo, un médico no es un sanador, ni tampoco lo es el “sanador por fe” ni el practicante de metafísica. La corriente sanadora de la vida es la realidad detrás de toda apariencia. Bien sea que el método empleado sea la medicina o la meditación, solamente podemos cooperar abriendo la mente o los procesos corporales al fluir incesante de la corriente sanadora.
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