Por Billie Freeman
Puede que no hayas percibido todavía lo ponderosas y maravillosas que son las palabras. Desde luego que por sí mismas no lo son. Pero piensa en ellas y levántalas en las alas de la fe y verás que tienes algo potente y poderoso.
Hay dos palabras que me han traído mucho bien. Ellas forman la frase: “Orden divino”. Orden: arreglo regular; relación armoniosa o sucesión establecida metódicamente. Divino: de la divinidad, relacionado a la Deidad, propio de Dios.
Yo uso la frase: “Orden divino” como un pensamiento de curación. Desde la cabeza hasta los pies siento la necesidad de expresar mi semejanza a Dios. El templo que es mi cuerpo fue creado por Él y Su vida lo sostiene. Por lo tanto, reclamar Su orden, es declarar que cada órgano, cada función está trabajando en armonía y esta perfecta coordinación genera vitalidad, energía y fortaleza. Continuamente afirmo que hay un orden divino estableciendo perfección.
En mis asuntos necesito inspiración, ajuste, prosperidad, discernimiento espiritual y armonía. Por lo tanto, declarar que hay un orden divino es afirmar la manifestación de dicho orden en mi mente como las ideas que necesito para progresar en mi trabajo, como la sabiduría que busco para establecer solamente el bien. Orden divino significa tener relaciones armoniosas con mi familia, amigos y compañeros de trabajo. Gracias a dicho orden, disfruto de prosperidad para satisfacer todas mis necesidades y deseos por un futuro de abundante bien. Con fe afirmo y decreto orden divino en todos mis asuntos.
Porque tengo interés en el mundo y en la necesidad de comprensión mutua entre la gente, y paz entre las naciones, todos los día oro por mayor comprensión y paz en el mundo. ¿Qué palabras más apropiadas podría usar que las que expresan “orden divino”? Declaro el orden divino establecido en las mentes y los corazones de todas las personas del mundo, y en el cielo y en la tierra.
Yo he usado la frase “orden divino” como mi oración diaria: ya sea para encontrar las llaves que se me habían extraviado, para calmar el dolor de una mano que me había quemado con agua hirviente, para afirmar protección y paz cuando andaba por caminos cubiertos de nieve, para prender el carro cuando la batería pareció haber estado descargada, para llevar a mi hijo a su primer día de clases, para ofrecer palabras de aliento a un amigo afligido, para armar un garaje prefabricado, para tomar parte en un programa de la iglesia.
En años pasados mi esposo y yo estábamos de viaje por una carretera desierta en Arizona cuando notamos que el automóvil se había quedado sin frenos. Nuestro pequeño hijo de cuatro años debió haber notado nuestra ansiedad porque de pronto dijo: “orden divino, orden divino”. Al oírlo comenzamos a reírnos y la tensión que sentíamos desapareció ya que él nos hizo ver nuestra fuente de ayuda infalible. Y, de pronto, una estación de gasolina apareció como si hubiese surgido de la arena misma. Allí encontramos la ayuda que necesitábamos, y nos enteramos que dicha gasolinera era la única que había en cincuenta millas. Esta es una de las muchas maneras como he aplicado el orden divino en mi vida diaria. Ha habido muchas otras necesidades que han sido satisfechas al estar consciente del bien y de la promesa que contienen esas dos palabras.
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